
El pasado domingo se llevó a cabo el concierto de Rawayana ‘¿Dónde es el After?’ en el Palacio de los Deportes, contando con un público de más de 20 mil personas.

A Pesar De La Lluvia
Hay ciudades que te exigen el alma antes de dejarte entrar, y la Ciudad de México tiene esa locura. El domingo cayó sobre la capital con un manto gris, frío y lluvioso, amenazando con apagar cualquier rastro de la calidez que el ‘Trippy Pop’ suele traer consigo.
Para colmo de males, el boletín de la promotora encendió las alarmas temprano: el show no arrancaría a las 19:00 horas como se tenía previsto, sino a las 20:30. Los rumores en los pasillos del Domo de Cobre no tardaron en confirmarse: los drásticos cambios de altura de la metrópoli le habían pasado factura a Beto Montenegro, el carismático líder de la banda.
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Pero el rock y el caribe saben de resistencia. Lo que parecía un inicio accidentado por la salud de su vocalista terminó convirtiéndose en el preámbulo de una de las puestas en escena más teatrales, ambiciosas y maduras que se hayan visto en el Palacio de los Deportes en los últimos años.
A las 20:30 horas, las luces se apagaron y Rawayana no solo inició un concierto; abrió un portal hacia un viaje en el sol.
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El Guion De La Nostalgia: El Color De La Isla
Quienes hemos seguido los pasos de la banda venezolana recordamos con nostalgia aquellos shows de hace unos años en el desaparecido Plaza Condesa. Ahí, ante un par de miles de personas, ya se respiraba la frescura de un proyecto diferente. Pero lo de anoche fue otra escala: más de 40,000 almas abrotaron el Palacio de los Deportes para atestiguar una consolidación absoluta. Rawayana dejó de ser la eterna promesa de los festivales alternativos para convertirse en un monstruo escénico.
Desde el arranque, el show demostró una estructura y un manejo de escenario impecables. Hacía mucho tiempo, quizás desde la última visita de C. Tangana con ‘El Madrileño’, que la capital mexicana no presenciaba un show de pop latino con tanto guion y dirección artística.
No era solo música en vivo; era una narrativa visual dividida meticulosamente en tres partes que transportaba al espectador directamente a Venezuela. El diseño de iluminación fue una locura: destellos y transiciones en tonos rojos y cálidos que emulaban la magia de los atardeceres en el Caribe, específicamente en la Isla de Margarita. Esos colores que te vuelan la cabeza y te hacen sentir, por un momento, la brisa del mar en medio del concreto.
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El festejo de una nación y la evolución del sonido
Aunque el pulso del reggae sigue estando en el ADN de los venezolanos, esta gira de ¿Dónde es el after? viene a festejar un cambio de rumbo valiente. Rawayana se arremangó las camisas y empujó su sonido hacia terrenos mucho más electrónicos, discotequeros y orientados hacia los ritmos caribeños globales. El festejo de la noche estuvo aderezado por el orgullo de su reciente Latin Grammy, un galardón que Beto y compañía han compartido con su gente, haciendo sentir a toda la comunidad venezolana en México que ese premio les pertenece por igual.
La noche se convirtió en una celebración de la hermandad musical de su país, sirviendo como plataforma para invitados de lujo como Lagos y Lasso, quienes aparecieron sobre la marcha para desatar la euforia colectiva. El show nunca se sintió apresurado; a lo largo de casi dos horas y media de concierto, la banda se tomó el tiempo necesario para desmenuzar cada bloque de su setlist, permitiendo que la melancolía y la fiesta bailable convivieran en perfecto equilibrio.

Más que música, un pedacito de tierra
Más allá del baile desenfrenado, Beto Montenegro logró su cometido principal: que cada rincón del palacio se sintiera como su hogar. Para los miles de venezolanos presentes entre la multitud, el concierto fue un refugio, un pedacito de sus raíces y de su tierra en latitudes extranjeras.
Rawayana también aprovechó el espacio para recordar que su propuesta, aunque festiva, entiende perfectamente la política que pasa en su país y que toda la gente que esta ahi con ellos sabe que el amor va salvar al mundo. Beto siempre intentó traer algo diferente a la mesa, arriesgando el sonido cómodo por la evolución constante.
Anoche, mientras los acordes finales se desvanecían y el Palacio de los Deportes seguía vibrando, el líder de la banda pudo sonreír con la certeza del deber cumplido. Rawayana ha madurado, ha evolucionado y, finalmente, ha dejado de ser la promesa para consagrarse como una de las realidades más potentes de la música latinoamericana actual.





