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Gondwana: Historia, Nostalgia y Energías Divididas En El Auditorio Nacional

La reunión de Gondwana con Quique Neira llenó el Auditorio Nacional después de casi dos décadas de caminos separados. Fue una noche de reggae, memoria y canciones capaces de borrar el tiempo, aunque también dejó la extraña sensación de estar frente a una reconciliación donde el pasado y el presente todavía parecen disputarse el escenario.

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El Tiempo Curó Las Heridas

Hay reencuentros que suceden porque el tiempo curó las heridas. Otros porque la nostalgia tiene suficiente fuerza para volver a juntar aquello que alguna vez parecía inseparable. Y existen algunos mucho más difíciles de descifrar, donde la música consigue unir durante un par de horas lo que quizá fuera del escenario todavía habita en lugares distintos.

La noche de Gondwana y Quique Neira en un Auditorio Nacional con localidades agotadas tuvo un poco de todo eso.Después de casi 20 años de haber tomado caminos separados, una parte fundamental de la historia de una de las agrupaciones más importantes del reggae chileno volvió a encontrarse frente a miles de personas.

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Para quienes crecieron escuchando esas canciones, era suficiente motivo para estar ahí. Sin embargo, detrás de la celebración también apareció una sensación difícil de ignorar: por momentos aquello parecía una reunión histórica; en otros, una sociedad construida específicamente para hacer posible esta noche.

A las 8:45 de la noche, un reggae instrumental comenzó a extenderse por el ‘Coloso de Reforma’. Los integrantes fueron apareciendo para ocupar sus posiciones y entonces llegó la imagen que buena parte del público llevaba años esperando: Quique Neira nuevamente al frente junto a Jah Children.

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‘Ya Nadie Podrá Juzgar Nuestra Filosofía’, sonó desde el escenario.

Y quizá ahí comenzó la paradoja de la noche. Porque inevitablemente uno termina observando y juzgando —en el sentido crítico de la palabra— lo que tiene enfrente.

La música estaba ahí, las canciones estaban ahí y buena parte de los protagonistas también. Pero esa química que alguna vez convirtió a Gondwana en algo más grande que la suma de sus integrantes no apareció automáticamente por el simple hecho de volver a compartir escenario. Había historia. Había cariño. Había nostalgia. Pero también había energías divididas.

¿Gondwana o Quique Neira?

Una pregunta permaneció rondando durante buena parte del concierto: si ésta era la reunión de una banda fundamental para el reggae latinoamericano, ¿por qué colocar el nombre de Quique Neira como una pieza tan central de la narrativa?

Incluso verlo destacado en elementos del propio escenario provocaba cierta extrañeza. No porque pueda negarse su importancia. Sería absurdo hacerlo. Su voz está ligada a algunas de las canciones más queridas de Gondwana y a una etapa indispensable de su historia. Pero precisamente por eso resulta curioso individualizar algo cuyo principal atractivo era volver a contemplar a la banda.

Tal vez sea simplemente la realidad de dos proyectos que durante casi dos décadas construyeron identidades independientes y ahora necesitan encontrarse bajo nuevas reglas. Quizá sea una cuestión contractual, comercial o una decisión entre los involucrados. Sólo ellos conocen realmente las razones.

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Pero desde abajo del escenario la percepción era inevitable: por momentos se sentía menos como ‘Gondwana volvió’ y más como dos historias negociando públicamente la manera de coexistir. Y entonces sonaron las canciones. Y muchas de esas preguntas dejaron de importar. Volver a sentir

‘Volver A Sentir’ Hizo Exactamente Lo Que Su Título Prometía’.

De pronto regresaron aquellos primeros viajes acompañados por reggae, las letras sobre amor, espiritualidad, conexión y esa sensación de buena vibra que hizo que Gondwana trascendiera mucho más allá de Chile. Porque ése sigue siendo el argumento más poderoso para justificar este reencuentro: las canciones sobrevivieron a todo.

‘Guerra’, ‘Antonia’ y ‘Dulce Amor’ ya no necesitan presentación. Son parte de una memoria colectiva que el tiempo convirtió en clásicos y que, frente a miles de personas cantándolas nuevamente, recuperaron algo que ninguna campaña publicitaria puede fabricar.

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Por algunos minutos desaparecieron las separaciones. Iloks, Gato, Leo y Pez López, junto a Quique, consiguieron reconstruir fragmentos de aquella vieja fotografía. Y cuando funcionaba, realmente funcionaba. Ahí estaba Gondwana.

No el de una postal congelada hace veinte años ni necesariamente aquel que algunos seguidores quieren recuperar exactamente como lo recuerdan. Era otra versión: con años encima, historias individuales, distancias evidentes y una audiencia que tampoco es la misma que los vio separarse.

Para este reportero —y también para alguien que ha seguido a la banda durante años— fue imposible no vivirlo desde dos lugares diferentes. Fue bonito.

 

Y También Fue Un Poco Amargo

La presencia de la familia Neira participando incluso en los coros reforzó esa sensación. Musicalmente no resultaba necesariamente incómoda, pero conceptualmente volvía a colocar el reflector sobre un individuo dentro de una noche cuyo mayor valor estaba precisamente en recuperar una identidad colectiva.

Sí, los negocios son negocios. Las giras necesitan nombres, acuerdos, estructuras y promoción. Pero Gondwana posee una historia suficientemente grande para sostener por sí misma el peso emocional de una noche como ésta.

Y quizá por eso el concierto resultó tan fascinante: porque nunca fue perfecto. La felicidad estaba abajo, mientras uno podía analizar desde fuera cada detalle, el público parecía tener una respuesta mucho más sencilla. Cantaba. Bailaba. Sonreía.

La Importancia De Esta Reunión

Al final, ver los rostros de los asistentes abandonando el Auditorio Nacional explicaba mejor la importancia de esta reunión que cualquier discusión sobre nombres o protagonismos. Para ellos, Gondwana había vuelto a existir frente a sus ojos durante unas horas. Y eso también cuenta. Mucho.

“Felicidad”, aquella canción que durante años acompañó el cierre de sus presentaciones juntos, adquirió inevitablemente otro significado. Escucharla nuevamente bajo estas circunstancias tuvo algo especial: por unos minutos el tiempo dejó de sentirse lineal y aquella banda que parecía pertenecer a otra época volvió a estar ahí.

Después llegó uno de los momentos más personales de la noche. Quique habló de su hijo antes de entrar en ‘Sentimiento Original’, canción que además presta su nombre a esta gira. La dedicatoria cambió momentáneamente la escala del concierto: de un Auditorio Nacional lleno a una historia familiar contada frente a miles de desconocidos.

Un Nuevo Capítulo

Quizá ahí estuvo la respuesta que el resto de la noche parecía estar buscando. No todas las segundas oportunidades necesitan borrar lo ocurrido anteriormente. Algunas simplemente permiten escribir otro capítulo.

La reunión de Gondwana no escondió completamente las costuras. Tampoco necesitaba hacerlo. Hubo nostalgia, contradicciones, decisiones discutibles, momentos extraordinarios y esa energía extraña que aparece cuando personas con un pasado enorme vuelven a ocupar el mismo espacio después de demasiado tiempo.

Pero cuando las canciones encontraron su lugar, durante pequeños instantes todo aquello desapareció. Volvieron a ser una banda. Y nosotros volvimos a sentir. Tal vez ésta no sea la continuación perfecta de la historia de Gondwana. Quizá ni siquiera sepamos todavía qué significa realmente este reencuentro. Pero la vida tiene segundas historias.

Esperemos que ésta sea una de ellas.

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Daniel Membrila
El punk rock arruino mi vida.