La histeria desatada por el regreso de BTS a los escenarios de México ha revelado la cara más fea del consumismo nacional. No se trata solo de la música o del talento de los ídolos surcoreanos; se trata de una obsesión enfermiza que alimenta a las mafias.
Es ridículo ver a miles de fanáticos llorando en redes sociales por los precios de la reventa, cuando son ellos mismos quienes validan el robo. Al estar dispuestos a pagar lo que sea, han convertido a la cultura del K-Pop en el negocio más lucrativo para los delincuentes.
Los revendedores no son genios del mal que operan en las sombras; son oportunistas que existen gracias a la estupidez colectiva. Si nadie comprara un boleto a 10 veces su valor original, el mercado negro colapsaría en cuestión de horas.
Pero la realidad es otra. La necesidad patológica de escuchar Dynamite en vivo y presumirlo en Instagram supera cualquier lógica financiera. El fanático promedio prefiere endeudarse y enriquecer a un estafador antes que aceptar que no alcanzó lugar en el Estadio GNP.
Échale Ojo
Por otro lado, la hipocresía corporativa es nauseabunda. Ticketmaster se lava las manos culpando a los «bots» y a la alta demanda, mientras sus sistemas parecen diseñados para facilitar el acaparamiento.
Es insultante que plataformas como StubHub o Viagogo operen con total impunidad, legalizando lo que es, en esencia, un atraco. Venden entradas que ni siquiera tienen garantizadas, especulando con la ilusión de adolescentes que sueñan con ver a Jungkook o V.
¿Y dónde está la autoridad? La Profeco actúa como un espantapájaros: está ahí, se ve, pero no asusta a nadie. Las multas son irrisorias comparadas con las ganancias millonarias que deja la reventa de un evento de este calibre.
Ver a políticos intentando legislar sobre la marcha solo demuestra su incompetencia. No les interesa proteger al consumidor; les interesa quedar bien con la base de votantes jóvenes que aman a BTS. Es populismo puro disfrazado de justicia comercial.
Échale Ojo
No nos engañemos, escuchar Butter o Permission to Dance no es un derecho humano. Es un lujo. Y como tal, está sujeto a las leyes salvajes de la oferta y la demanda.
Mientras la «ARMY» siga comportándose como un rebaño desesperado con la tarjeta de crédito en la mano, la reventa seguirá reinando. Ustedes no son víctimas del sistema; son sus patrocinadores más leales.
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