
No voy a fingir que recuerdo el contexto de mi país hace seis años. Lo siento, pero menos tendría idea que estaba sucediendo a nivel global. Sin embargo por alguna razón tengo muy presente haber leído que un nuevo servicio de streaming llegaba a México y proceder a revisarlo inmediatamente porque como buen menómalo tenía que probarlo para darle su visto bueno.
En ese entonces (seis años, según yo tampoco es tanto) tuve que descargar un archivo ejecutable que se instaló y guardó en mi laptop. Curiosamente en esas semanas de prueba me pareció lo más chafa del mundo.
Tenía acceso a mucha música pero no en todo momento porque necesitaba mantenerme conectado a alguna red wifi, y aunque el catálogo era inmenso, no encontraba muchas de mis bandas favoritas. El caso es que después de intentarlo, preferí continuar con mi iPod y desinstalar este programa que presumía ser la revolución en la industria de la música.

¡Ay, Iván, llegaste rápido pero te fuiste temprano!
Dos años después, ya con un mejor celular con datos en casi cualquier momento y una promoción de 3 meses por $9 MXN decidí darle otra oportunidad a Spotify y desde entonces no he dejado de pagar la mensualidad.
Lo hicieron bien y lo respeto, caí en la mercadotecnia pero la verdad no me arrepiento, para ser honesto es un gasto que no me duele hacer. De algo no hay duda, en verdad esta plataforma cambió la manera en que consumimos música.
Lo mencionaba la semana pasada, las bandas, artistas y músicos ya no viven de vender discos, y medianamente pueden vivir de reproducciones gracias a la mísera cantidad que les pagan por canción escuchada. Sin embargo, establecerse en una playlist reconocida puede ser la diferencia entre presentarse un martes en el Pata Negra a llegar a un Metropolitan repleto.
Ahora, he visto dos puntos de vista opuestos respecto a la manera en que los usuarios consumen la música en el sistema de streaming. Por un lado, Bart Bronnenberg de Stanford,y Hannes Datta y George Knox de la universidad de Tilburg en Holanda realizaron un estudio en el que sugieren que la gente por pagar este tipo de servicio se anima más a aventurarse en géneros y estilos musicales distintos, así como por conocer artistas nuevos.
Esto debido a que al mes cuesta lo mismo escuchar mil veces Enter Sandman que escuchar mil canciones distintas. Lo cual podría “potencialmente nivelar el campo de juego en beneficio de los productores más pequeños [ya que] los resultados apuntan a un mercado más fragmentado, potencialmente más adecuado para artistas y sellos más pequeños».
Sin embargo hay personas como Ben Beaumont-Thomas and Laura Snapes de The Guardian, quienes tienen una percepción menos favorable de las plataformas musicales de streaming. En su artículo publicado en octubre v del año pasado, mencionan como la plataforma tiene un control imponente sobre lo que escuchamos.

Con datos como “el 10% de los artistas principales dominan el 99% de las reproducciones” me hace creer que el estudio de Bronnenberg y compañía se quedó corto. Esto es muy probable porque la investigación se focalizó en gente activa al momento de escuchar música, cuando en realidad la mayoría de los escuchas toman un papel pasivo al dejar reproducir playlists sin identificar que están escuchando.
Desde mi punto de vista me inclino más a pensar que los consumidores sí tendemos a dejarnos llevar por nuestro estado anímico y nos resulta más cómodo dejar correr canciones sin prestar mucha atención.
Aunque también me gusta pensar Spotify y demás plataformas similares son sólo una herramienta y que el algoritmo puede ser vencido. Por eso te invito a tomar un rol activo y ser más como las personas del análisis de Stanford.
Si utilizas estos servicios de streaming aprovechalos para descubrir música que nunca has escuchado, y darle oportunidad a bandas similares a las que ya conoces y disfrutas. No tengas miedo de armar tus propias playlist y hacerlas colaborativas para que más personas puedan aportar con sus propios hallazgos.
Por mi parte acabo de comenzar una con mis amigos con canciones en español que sean infalibles al momento de prender una fiesta y hacer que todo mundo sienta la necesidad de bailar y así prender cualquier fiesta.
Lo acepto, es lo menos merol del mundo, pero eso no impide que en cuanto pongan Carcass me quite la playera, me ponga a correr en circulos como enfermo y esté dispuesto a recibir lo que venga. ¿Qué esperamos? ¡Nos vemos en el Mosh Pit!





