
Un hermoso viaje por el pasado de la música se vivió este sábado en el llamado ‘Domo De Cobre’, con el proyecto de Patrick Miller.

Por años, la narrativa oficial del High-NRG en la Ciudad de México ha oscilado entre la nostalgia de barrio y el fenómeno de culto.
Pero lo que ocurrió este fin de semana en el Palacio de los Deportes no fue un ejercicio de arqueología musical; fue una demostración de fuerza de un ecosistema que se niega a ser domesticado por los algoritmos de streaming. Roberto Devesa, el arquitecto detrás del tótem que es Patrick Miller, transformó el ‘Domo De Cobre’ en una catedral de sintetizadores galopantes y sudor secuenciado.
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La Estética Del Brillo… ¡Y El Sudor!
El High-NRG es, en esencia, la respuesta máxima del working class al post-disco: más rápido, más sintético, más urgente. El sábado, esa urgencia se tradujo en una marea de 12,500 cuerpos que rechazaron la quietud. Desde los DJs de apertura —Katana, Leffog y Diablo—, el ambiente se sintió como una línea de ensamblaje de beats diseñada para la resistencia física.
No faltaron los anacronismos visuales: un Grinch iluminado con LEDs y ‘Coronas brillantes’ que, en cualquier otro contexto, parecerían kitsch, pero que aquí funcionan como uniformes de una resistencia hedonista.
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En la pista, los ‘pasos prohibidos’ no son una broma de TikTok; son una disciplina atlética. Las ruedas de baile que se formaron son el último vestigio de una cultura de club donde el respeto se gana con el movimiento de pies y no con el consumo de botellas de 200 pesos.
El Culto A La Frecuencia
Cuando Devesa tomó el control, el Palacio dejó de ser un recinto deportivo para convertirse en una máquina del tiempo sónica. El diseño de iluminación —esa icónica ‘lluvia de láseres’— actuó como el sistema nervioso del show. Hubo un momento de fricción moderna: la aparición de los smartphones intentando capturar lo efímero, interrumpiendo brevemente el flujo de las coreografías ensayadas. Sin embargo, el beat de 130 BPM es un dictador benevolente que pronto obligó a bajar los teléfonos y retomar el ritmo.
Lo que Patrick Miller logra, y que pocos festivales de EDM ‘curados’ pueden replicar, es la transgeneracionalidad. Ver a veteranos del legendario club de la calle Mérida compartiendo el dancefloor con jóvenes atraídos por la pureza del sonido analógico es un recordatorio de que el High-NRG no es un género, es un lenguaje local.
El Veredicto
A diferencia de los grandes actos internacionales que pisarán la CDMX este 2026, lo de Patrick Miller no se siente como una parada en una gira global, sino como una reunión de gabinete de una subcultura que sigue operando bajo sus propias reglas. Fue una noche de exceso sensorial que confirmó que, mientras Devesa esté frente a las consolas, el pulso de la ciudad seguirá siendo sintético, acelerado y profundamente brillante.





