
Son muchos los motivos por los que la más reciente película del mexicano, Alfonso Cuarón, no sale de la conversación universal y nacional.
Quizá porque nos recuerda a un México que, como «Pepe», creímos haber visto en otra vida aunque sea presente, o porque encontramos en «Cleo» un ser conocido que lima nuestras asperezas aún a costa de las suyas, o sencillamente, se trata de que aunque el camino y los ojos sean distintos, todos los caminos llevan a «Roma».
«Roma» es muchas cosas por muchas razones. Hay quienes dicen que es una crítica a la prehistoria política impuesta por Luis Echeverría y que el actual régimen, busca traer de vuelta; algunos sugieren la idea de que la protagonista es un estandarte feminista que enaltece la figura de las empleadas domésticas; mientras que otros, en su prisa inexplicable, califican el filme de lento, aburrido y pretencioso. Las opiniones sobran y son muy variadas entre sí.
Como seres políticos y sociales, es imposible emitir juicios sobre lo que tenemos ante nuestros ojos, sobre todo cuando se trata de cine, no obstante, Alfonso Cuarón no hace más que retratar una época con sus matices y peculiaridades. Adjudicarle una postura de cualquier índole sería manchar una pintura honesta y brillante de una época que, sin embargo, sí tiene mucho que decir.

¿A dónde va Cleo?, ¿Qué la hace tan especial?, ¿Por qué hace lo que hace y cómo lo hace?, Alfonso Cuarón responde con brillantes estas preguntas. Lo primero que me hizo sentido luego de ver la película varias veces, es la conexión mágica de Cleo con el agua.
Este elemento le comunica a la protagonista y ella se manifiesta a través de él. Después de acostarse con Fermín, en el cuarto, una pintura del mar está inclinada, como si eso nos indicara que algo no anda bien, además, graniza justo cuando él huye de ella en el cine. En ese momento, «Pepe» y su hermano juegan bajo la lluvia, dando a entender que ellos siempre se divierten a costa del sufrimiento de «Cleo».
Elementos dramáticos, y la brillante fotografía de Cuarón y del poco mencionado Galo Olivares, ratifican a «Cleo» como un ser divino casi virginal. Cuando ocurre el incendio (suponemos provocado por los ejidatarios), ella observa el caos desde las escaleras con tres velas acomodadas frente a ella cual altar católico, además, ella es la única que puede realizar la pose del maestro Zovek en el entrenamiento de «Los Halcones».
Este poder místico es también lo que la mueve a salvar a los niños de ahogarse en el mar, pese a que ella no sepa nadar (quiero pensar que con ello, Cuarón nos dice que «Cleo» no se da cuenta del don que tiene), además de que el agua también la purifica a ella y muestra su verdad, pues luego de salir, se lamenta, “Yo no quería tener al bebé”.

Como todos los grandes directores lo hacen, Cuarón esconde poderosos mensajes en los detalles. Por si fuera poco la evidencia de la divinidad de «Cleo», tras perder a su bebé, ella reposa en la calle de Tepeji, lugar que en antaño representó la unión de dos pueblos enemigos: Los otomíes de Otlaxpa y los náhuatl de Tepexic.
Y eso también es «Cleo», un puente de agua que une a dos mundos: la clase baja, (el infierno) y la clase alta (el cielo).
Eso también explica la escena inicial y final. La historia nace mostrando el suelo lleno de mierda y culmina con «Cleo» subiendo las escaleras. Pese a que ella es sobajada por varios de los personajes, su divinidad la hace trascender, pues culmina su recorrido en el cielo.
Ella transita por ambos mundos durante toda la historia. Sube para atender a los niños, baja a donde están los patos y los cerdos para acompañar a la empleada doméstica de la familia gringa.

Pese a que la protagonista es única, su figura está presente en la vida de todos nosotros sin importar la época, la idea de este fenómeno cíclico, es sugerida por Pepe, pues al decirle “cuando yo era grande, tú estabas ahí, pero eras otra”, nos revela que «Cleo» se manifiesta sin importar el tiempo, como un miembro vital de la familia mexicana que en muchos casos, influye más en la vida de las personas que la propia madre.
También me parece importante hablar de otros temas que subyacen a la película, como la titánica labor de Eugenio Caballero de traer el pasado al presente por medio de un impecable diseño de producción, o de la impresionante fotografía que nace de dos pares de ojos privilegiados (Alfonso Cuarón y Galo Olivares), aunque el director comenta que escribió la película pensando en Emmanuel Lubezki, el egresado del CCC (Centro de Capacitación Cinematográfica), que con sus paneos contemplativos convirtió «Roma» en un mural gigante y en movimiento.
Solo me resta decir que «Roma» al revés es «Amor» y que además de ser una joya contemporánea, es un recordatorio de que los momentos del pasado, para bien o para mal, transforman el cine y también nuestras vidas.





